La Sala de Espera del Depósito – 7

Tras un sueño inquieto poblado de imágenes protagonizadas más por Ángel Iglesias que por Paula Reinoso, Eusebio decidió levantarse a las seis y media y enfiló la ducha.

A las siete ya estaba dentro de su Toyota y llamó al móvil de Fernando.

–Buenas ¿te despierto?-

–Sabes que no-

–No sé si oíste mi mensaje de anoche-

–Claro. Me pego una ducha y salgo para el hotel-

–Llámame haya novedades o no-

–Por supuesto-

–Nos vemos en comisaría-

–Allí nos vemos Eusebio-

–Bien-

En apenas quince minutos aparcaba en la comisaría, Madrid empezaba a desperezarse-

Salió del coche y antes de entrar en el edificio escuchó el rugido del león hambriento que se había despertado en su estómago. Giró y un brillo de sonrisa se asomó a sus ojos al ver el bar de Paco abierto-

Se acercó y abrió la puerta aunque no llegó a entrar, sólo introdujo la mitad superior de su menudo cuerpo:

–¿Es posible un café con porras en la comisaría?-

–Veo que madrugamos hoy inspector. Cuenta con él, doble y en vaso ¿verdad?-

–Gracias Paco, no sabes la falta que me hace …-

–Lo tienes en tu mesa antes de que enciendas el ordenador-

Saludó al joven oficial de guardia a la entrada de la comisaría y se paró ante la recepción atendida por un agente cercano ya a la jubilación:

–Buenos días Inspector Jefe-

–Buenos días Antonio. Espero la llegada de Teresa a las ocho. Dame un toque en cuanto llegue por favor, ya sabes que va siempre embalada y quiero hablar con ella antes de que entre en la sala de interrogatorios – su tono al hablarle era tan suave que el por favor iba implícito en su mensaje.

–Claro Inspector Jefe, es que esta Teresa siempre va corriendo a todos lados…– explicaba mientras levantaba los brazos imitando con su madura estructura los bruscos y rápidos movimientos de la psicóloga.

Después de una palmadita en el hombro de sincero agradecimiento Eusebio se perdió pasillo abajo.

Nada más colgar su anorak en el perchero apareció Paco el del bar con el café y las porras:

–Ahora mismo no cambiaba ese café con porras por el décimo del Gordo de la lotería de Navidad– mientras le daba un billete de cinco euros.

–No he traído cambio jefe-

–No hay nada que cambiar, es por la entrega a domicilio– en sus ojos azules había un guiño travieso pero el resto de su cara permanecía impasible.

–¡A mandar jefe!-

Se puso cómodo en su sillón de oficina y mientras con la mano derecha introducía una porra en el vaso de café con leche, con la izquierda abrió el expediente de Paula.

Miró las fotos sacadas en la escena donde la encontraron y sintió un pequeño espasmo al ver ese cuerpo esbelto tumbado de costado en posición fetal sobre el sucio suelo del servicio del garito, un brazo extendido, obligándola a torcer el torso en la dirección contraria.

El pie izquierdo estaba calzado, el derecho no. Un pie blanco, delicado y cuidado, con las uñas impecablemente pintadas de rojo.

También en el suelo, a pocos centímetros del desnudo pie, la jeringuilla con restos de sangre.

Aún llevaba puesto el vestido corto de tirantes que Ángel Iglesias sacó de la bolsa en la sala de espera del Depósito, Eusebio había resuelto devolverlo tras haber sido extraídas del tejido las muestras pertinentes para su análisis. Ahora, con la tela arrugada hacia arriba, desvelaba unos muslos firmes y turgentes.

Se detuvo unos instantes en su cara: máscara corrida que emborronaba de negro la zona de los ojos hasta casi las mejillas, restos de pintalabios rojo extendidos desde las comisuras hasta la barbilla.

Sin embargo en su cara se reflejaba la expresión de placer ya tan conocida para Eusebio, de quien acaba de recibir lo que tanto necesitaba. No, no era placer, era ese halo de paz que se adueña del rostro que segundos antes había estado dominado por el dolor, por la tortura, por la agonía.

–¿Quién te ha hecho esto?– murmuraba para sí mismo mientras con el dedo índice recorría su frágil figura. No podía evitar preguntarse y preguntar –¿Sabías que estabas embarazada?-

El zumbido del teléfono le sacó de su ensimismamiento.

–Eusebio, soy Fernando, Ángel Iglesias no ha amanecido todavía, lo he comprobado con la Recepción y con las cámaras de seguridad.

–Bien. Yo estoy esperando a Teresa para ponerla en antecedentes aunque por lo que me cuentas y con lo que tragó ayer, no creo que estéis por aquí antes de las diez.

–¿Cuántos copazos se metió al cuerpo?-

–Delante de mí sólo uno pero intuyo que no era el primero del día-

–Tú tienes muy buen ojo para eso-

–Je, es una de mis múltiples virtudes. Pues eso, búscate un sillón estratégico y tómatelo con calma y un café con porras-

–Yo soy más de churros Eusebio… Estoy en un sillón del bar desde el que se ven los ascensores y las escaleras y que además está tan cerca de por donde tiene que pasar que casi se tendría que tropezar conmigo-

–Pues espero que el hotel no esté muy lleno y que a todos los huéspedes no se les de por salir a primera hora de la mañana …-

–No te creas que me importa, me gusta observar a la fauna variopinta de los hoteles-

–Sí lo que te digo yo, tú tienes madera de escritor-

–Cuando me haga mayor Eusebio …-

–Llámame en cuanto haya el más mínimo movimiento-

–Cuenta con ello-

Por fin se decidió a encender el PC. Mientras arrancaba, daba cuenta del desayuno despacio, masticando las crujientes porras y manteniéndolas en su paladar hasta que eran una papilla. Bebía el café a tragos largos y lentos: La comida y la bebida caliente le hacían sentir bien, le traían al presente, a su presente.

Ya había empezado a revisar el correo electrónico cuando oyó los golpecitos rápidos y rítmicos en la puerta entreabierta e inmediatamente después se asomaba la cara de Teresa. Entre medias había empezado a sonar el teléfono, Antonio avisándole de su llegada, llamada a la que por supuesto se había adelantado Teresa.

El aspecto físico de Teresa era peculiar.

Tendría entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Los aparentaba, incluso daba la impresión de que se acercaba a los cincuenta, justamente lo que ella intentaba evitar tratando de darse una imagen más joven y excéntrica.

No era muy alta, uno sesenta y poco, altura que incrementaba en cuatro centímetros al menos subida a unos tacones con los que todavía no había aprendido a andar de manera erguida por lo que su cuerpo siempre tenía un pequeño grado de inclinación hacia delante. Eso, unido a su total incapacidad de andar reposadamente, la convertían en un curioso espectáculo para cualquier espectador que la viera correr por los pasillos.

Llevaba el pelo corto de un color indefinido, mezcla de sucesivos tintes y mechas que ahora se aproximaba a un tono arenoso grisáceo, sin brillo ni movimiento. Algunos caracoles pegados a la frente y otros más sobresaliendo por la coronilla, evidenciaban que se había peinado a toda velocidad y sin apenas mirarse al espejo.

Sí parecía haberse entretenido algo más en maquillarse el rostro pero desgraciadamente con igual desafortunado resultado. En su intento de esconder una cicatriz entre el pómulo y la sien izquierda, llevaba casi medio centímetro de fondo de maquillaje, en un tono rosado supuestamente juvenil, que convertía en cetrino su verdadero tono moreno claro.

Los labios finos, estaban delineados por fuera dos o tres tonos más oscuros que el rosa pálido del relleno. Los párpados, vestidos de sombra verde, terminaban en unas pestañas cargadas de kilos de máscara negra, que parecía haber sido aplicada a brochazos y que sin embargo no conseguía empañar lo mejor de su rostro, el brillo inteligente y pizpireto de sus ojos marrones.

No estaba gorda pero definitivamente no estaba lo suficientemente delgada para las minifaldas y ropa ajustada que gastaba y esta redondez, unida a las lactancias de sus dos hijos hacían incomprensible el escote del que parecía enorgullecerse.

–Pasa, pasa Teresa.

Y Teresa entró en el despacho precedida de tres enormes carpetones que llevaba apretados contra su pecho y que dejó caer con un golpe seco sobre la mesa de Eusebio mientras trataba de hacerse sitio en la silla de enfrente colocando el maletín de tela del portátil y su bolso a ambos lados sobre el suelo.

–Antonio consiguió interceptarte- la sonrisa sólo se dibujaba en sus ojos.

–Se me tuvo que plantar en mitad del pasillo, je. Bueno, cuéntame sobre este caso que parece tan importante-

–No es que sea más importante que otros, sabes que para mí todos son iguales. Es que el individuo al que tengo que interrogar es muy peculiar, me tiene muy intrigado y quisiera tu opinión profesional. Creo que su aportación puede ser fundamental para la resolución del caso-

–Cuéntame entonces-

–Léete el expediente primero, no es muy largo, y mira las fotos. Luego te hablo de él-

Teresa apartó sus carpetones hacia ha derecha y cogió la carpeta de cartulina que le entregaba Eusebio.

Transcurridos menos de diez minutos en los que Eusebio se entretuvo revisando el Outlook, Teresa respiró hondo y dejó la carpeta encima de la mesa.

–Uff, qué pena de mujer-

–Eso digo yo-

–¿Y con quién quieres que hable?¿Con alguien del garito?-

–No, con su marido-

–¿Con su marido? ¿Estaba él con ella cuando ocurrió el suceso?-

–Acabas de leerte el expediente Teresa– había un matiz de crítica en su voz y en sus ojos la frialdad del acero se hacía más evidente.

–Por supuesto que me lo he leído, quería decir que a lo mejor alguno de los testigos era su marido-

–Ten por seguro que si así hubiera sido habría sido reflejado en el expediente– y para sus adentros reflexionaba que si Teresa no fuera la mejor a la hora de acercarse a la mente humana y sus oscuros vericuetos, ya mismo la habría mandado de vuelta al gabinete.

Teresa le miró con ojos cándidos y Eusebio decidió que no tenía sentido seguir por ahí así que aflojando un poco la frialdad de su mirada comenzó el relato de su encuentro con Ángel Iglesias desde que lo viera por primera vez en la sala de autopsias del depósito, concluyendo:

–Hay algo en él que me produce desconfianza pero no sé qué es realmente, es con eso con lo que necesito tu ayuda. Necesito que me hagas un perfil detallado, por lo que mi primer acercamiento será de trámite hasta que tenga tu informe-

–¿Y cuando llega el académico? –En cualquier momento. En cuanto se despierte de la borrachera de anoche me lo trae Fernando.

©Mara Funes Rivas – Agosto 2021

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