La Sala de Espera del Depósito – 9

Ángel no tardó mucho en llegar a la autopista A6, iba en dirección contraria a la mayoría de conductores que entraban a Madrid por la mañana.

Una vez pasada la gasolinera de la Cuesta de las Perdices se sintió libre para descargar adrenalina pisando el acelerador y poniendo el Cougar a 160 km/hora, no le importaba que le pararan ni que le mandaran una multa por correo.

–¡A la mierda todo!- Paula se había ido, pero lo había hecho montando un numerito, como no podía ser de otra manera.

A ratos se sentía furioso y hubiera querido matarla con sus propias manos pero, cuando la rabia lo abandonaba, sólo sentía desolación y abandono –¿Por qué Paula? ¿por qué? Si yo te quería, yo te amaba …-

Afortunadamente esos momentos de flaqueza se le pasaban pronto, eran como fantasmas fugaces que hacían su aparición, clavaban su cuchillo cuidándose muy mucho de no matar, y volvían a desaparecer.

Empezó a hacer una lista mental de prioridades para cuando llegara a casa. Sabía que era cuestión de tiempo, de poco tiempo, que ese inspector de policía solicitara y obtuviera una orden de registro para la vivienda.

Primero el ordenador de Paula, prioridad número uno. No, primero una ducha. Quince minutos no iban a ningún lado y él necesitaba volver a sentir el agua en su cara para tener pleno control sobre su cerebro.

Tras la ducha se sentó a la mesa del estudio de Paula, una de las habitaciones que hubieran debido de ser para los niños que nunca vinieron. La otra la ocupaba su despacho, y aún había otra más, aparte del dormitorio principal, reservada para invitados. Todas se encontraban en la planta de arriba.

Inició Windows y cuando en la pantalla del escritorio apareció la ventana del Messenger, intentó conectarse. Probó varias posibles contraseñas pero no obtuvo resultados.

–¡Me cagüen …!

Estaba seguro de que la policía sí podría acceder al Messenger, de allí a sus correos y también a sus contactos. Sacó el móvil del bolsillo y marcó un número. Daba señal pero nadie lo cogía.

–Joder ¿es que todo me tiene que salir mal?-

Empezó a rebuscar por la carpeta de Mis Documentos pero aquellos que podía abrir, no le decían nada interesante, y había muchos, muchos, con contraseña.

Sintió en el bolsillo del pantalón la vibración del móvil.

–Tío Ángel, me has llamado-

–Sí Felipe ¿estás en clase?-

–Estaba pero no importa.-

–Necesito un favor-

–Los que quieras ¿estás bien?- Ángel obvió la pregunta y prosiguió:

–Tengo un pequeño problema con el que a lo mejor me puedes ayudar. Me he comprado un ordenador nuevo y el antiguo se lo he prometido a una de las administrativas de secretaría, pero estoy intentando borrar el acceso al Messenger y no consigo hacerlo ¿hay manera de hacerlo?

–Hombre, es tan fácil como desinstalar el programa-

–¿Y de esa manera ya nadie puede acceder a mis correos?-

–Vosotros los intelectuales es que no os enteráis de nada. El Messenger, Hotmail, y también Yahoo, son servicios de red. Para que me entiendas, no están guardados en tu equipo, están colgados en Internet. Lo que tienes en tu equipo es un acceso a esos servicios de red, por llamarlo de alguna manera, es como una puerta. Tus correos, tus chats, todo eso está en Internet, no en tu equipo y si lo quieres borrar tienes que hacerlo en Internet, pero no tienes porqué, porque si nadie sabe tu contraseña, nadie podrá tener acceso a tus cosas-

–¿Quieres decir que cualquier persona que sepa mi contraseña puede acceder a mis cosas?-

–¿Pues no es eso lo que te acabo de decir, tío Ángel?-

–Aah, vale…, pero si desinstalo el programa, nadie tiene porqué saber que yo tengo una cuenta en Hotmail o que chateo por el Messenger ¿no?-

–Hombre, nadie a quien no le hayas enviado un correo…-

–¿Qué quieres decir?-

–Estás un poco espeso esta mañana ¿no? Pues que la gente con la que hayas chateado o con la que te hayas escrito utilizando esos servicios, sí saben que tienes esa cuenta.-

–Ah, claro.-

Y mientras decía eso pensaba:

“¡Mierda! Todos los amigos de Paula tendrán correos suyos y hasta conversaciones de chats grabadas, y seguro que hablaba de mí, seguro”.

Bueno, sobre eso no podía hacer nada. Siguiente paso.

–¿Y para limpiar bien el contenido del PC qué hago?-

–Te voy a mandar un link que te llevará a un sitio de descargas en Internet. Allí te descargarás el Simple File Shredder. Es un programa que en vez de borrar la información, escribe sobre ella cientos y cientos de veces, con lo que es imposible recuperar la información original. Si quieres me acerco esta tarde y te lo descargo e instalo yo mismo.-

–No– saltó Ángel rápidamente –No hace falta que vengas. Es que esta tarde tengo que salir. Es fácil hacerlo ¿no?-

–Sí, muy fácil. De todas maneras, si tienes alguna duda, me llamas y si estoy por el pueblo me acerco y te ayudo, o si no, por teléfono.-

–Sí, por teléfono mejor. Ahora tengo que dejarte, tengo trabajo pendiente.

–Y yo, que me has sacado de clase.

–Es verdad, perdona y gracias.-

–Nada de gracias, ya me lo cobraré…-

–Claro Felipe. Un abrazo-

–Otro para ti y para Paula-

©Mara Funes Rivas – Diciembre 2021

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