La Sala de Espera del Depósito – 8

Lo vio salir del ascensor con paso inseguro, su imponente espalda curvada hacia delante, el sobre con las pertenencias de Paula Reinoso agarrado por sus dedos como garras

–Menuda resaca debe de llevar encima …– pensó Fernando.

Ángel miró a izquierda y derecha buscando, más bien queriendo no encontrar.

La ropa de marca había aguantado relativamente bien los sucesos del día anterior si no se miraba de cerca la camisa. Su cara no tan bien.

Grandes y oscuros círculos bajo sus ojos avejentaban su cara de niño. En su abundante cabello, semi-mojado después de la ducha, se veían las marcas por donde había sido simplemente mesado con los dedos, los mechones tiraban en cualquier dirección. Su piel, más que blanca estaba amarillenta, seca, acartonada como un viejo documento.

Con agilidad felina Fernando se acercó a él.

–Buenos días Sr. Iglesias. Soy Fernando Moreno, me envía el inspector Eusebio López Bravo de la Comisaría Centro a buscarle.

–Tú te llevaste mi coche ayer ¿verdad?

–Así es Sr. Iglesias y le voy a llevar a dónde está para que se pueda ir a su casa pero el Inspector Jefe López quería hablar con usted antes.

Silencio por parte de Ángel.

–¿Querría antes desayunar, un café a lo mejor? Un chispazo iluminó momentáneamente sus ojos. –Sí…, un café.

Suavemente le dirigió hacia una de las mesas con grandes sillones enfrente de los ascensores. Una vez sentados y tras la sorpresa que le produjo a Fernando que Ángel no sólo quisiera café sino también una tostada de pan con aceite y zumo de naranja natural, se dirigió a la barra con la excusa de pedirlo y acodado sobre ella sacó el móvil para llamar a Eusebio.

–Hola soy Fernando, tengo novedades.

–Cuéntame.

–Estoy con Ángel Iglesias en el bar del hotel. Lo vi con tan mala cara al salir del ascensor que me pareció inhumano llevarle tal cual a comisaría así que le propuse tomar un café.

–Si es que hasta eres buena gente Fernando… ¿y le vas a pagar tú el café?

–No me vengas con coñas Eusebio, por favor. Lo que te contaba, que me ha dejado de piedra una cosa, cuando le he preguntado si quería el café en taza de desayuno o mediana me ha contestado que en taza grande, con una tostada de pan con aceite y un zumo de naranja natural…

–¡Joder! Parece que se va reponiendo rápidamente… Muy interesante, gracias, se lo diré a Teresa para que lo tenga en cuenta. Dile a quien esté en la barra que os ponga los desayunos aparte y luego me acerco yo y lo pago con mi Visa, que yo puedo pasar gastos y tú no.

–Yo ya he pagado el mío pero así lo haré con el de él.

–No me seas tonto Fernando ¿qué lo has pagado? En efectivo ¿no? Pues que rompan esa factura, te devuelvan el dinero y hagan una nueva con los dos ¿vale?

–Vale, vale, gracias. Otra cosa que se me olvidaba y creo que te interesará saber. Cuando le he dicho mi nombre se ha acordado perfectamente de que fui yo quien se llevó su coche ayer…

–Interesante sin duda– mientras encajaba mentalmente la nueva pieza, sin saber realmente si luego la tendría que cambiar de ubicación-

–Gracias Fernando. ¿Cuándo os puedo esperar por aquí? –Calculo que en media hora como mucho.

–Estupendo. Aquí os espero.


La sala de interrogatorios número 1 era la más grande de la comisaría.

Como único mobiliario había una mesa rectangular al centro, rodeada por seis sillas, dos a cada lado y una en cada cabecera, amén del archiconocido espejo/ventana. Debajo de la mesa, fijada a la parte inferior del tablero, se encontraba la grabadora de alta sensibilidad que registraba cada palabra que se mencionaba en la estancia.

Teresa estaba en una de las cabeceras, la de enfrente de la puerta. Sobre la mesa su portátil, y rodeándolo, una maraña de carpetas de expedientes y papeles que casi alcanzaba la mitad de la mesa.

Al sentirles entrar se levantó y cuando llegaron a su altura extendió a Ángel la mano en señal de saludo, saludo que Ángel ignoró manteniendo su postura encorvada, mirando al suelo.

–Buenos días Teresa. Te presento a Ángel Iglesias. Ya le he explicado que tu proporcionas apoyo a los familiares de víctimas de sucesos violentos– con un tono de normalidad en su voz Eusebio trataba de hacer la situación más sobrellevable.

Sin que su lenguaje corporal facilitara aviso previo alguno, Ángel levantó la cabeza y dirigió su mirada hacia Teresa:

–No necesito ningún apoyo, y en el hipotético caso de que lo hiciera, puedo permitirme pagármelo yo– y sin más regresó a su ensimismamiento.

Teresa moduló su voz para dotarla de la máxima calidez:

–Sr. Iglesias, puedo abandonar la sala si no quiere hablar conmigo pero si no le molesto me gustaría quedarme aquí por si necesita consultarme algo mientras el Inspector Jefe López Bravo le hace las preguntas de rutina-

Ángel, de nuevo no respondió y se dejó colocar por Eusebio en la silla de al lado de Teresa, a su izquierda. Eusebio se acomodó en la silla al otro lado, justo enfrente. Con aspecto relajado reposó su espalda sobre el respaldo.

–No queremos mantenerle aquí mucho tiempo, entendemos que necesita descansar– Eusebio hablaba pausadamente –pero necesitamos que responda a una serie preliminar de preguntas que nos puedan ayudar con el inicio de la investigación–

No hubo respuesta.

–¿Cuándo fue la última vez que vio a su mujer viva?-

–Gracias por añadir lo de viva…– Después de comprobar tras unos segundos que su sarcasmo no obtenía respuesta, prosiguió –Ayer por la noche, quiero decir anteayer por la noche.

–¿Podría concretar lo de por la noche?– contestó Eusebio con calma. –Tarde, no sé, a las once y pico, creo-

–¿En qué circunstancias?-

–No entiendo lo que quiere decir-

–Si usted llegaba, si ella se iba, si coincidieron en algún sitio-

–Fue en casa, ella se iba-

–¿Sabía usted adónde iba?-

Eusebio intentaba que el tono de su voz fuera neutro. Dejó pasar un par de minutos y al ver que no reaccionaba:

–Disculpe Sr. Iglesias, le he preguntado …-

–Sé lo que me ha preguntado–

Pausa, prolongada …

–No-

–¿No conocía los sitios que frecuentaba su mujer?-

–Conocía los sitios que frecuentaba conmigo-

–¿Y el local donde fue encontrada?¿Lo conocía?- Tardó en contestar

–No-

–No había estado nunca pero lo conocía de oídas o no sabía ni que existía?- …

–Sr. Iglesias, sé que está pasando por momentos muy duros pero creo que lo que nos une a todos los aquí presentes es el deseo de conocer las circunstancias del fallecimiento de su esposa y encontrar y castigar al culpable o culpables, si es que los hubiera-

Ángel farfulló algo para sí mismo.

–Disculpe, no le he entendido-

La mirada de Ángel al alzar la cabeza era un lanza-llamas:

–¡¿Y usted qué coño sabe de mis deseos?!-

Sin que Eusebio hiciera el más mínimo gesto Teresa sabía que lo había presionado para sacar de él esa reacción, pero ella tampoco se movió un milímetro.

Eusebio dejó pasar unos instantes hasta que Iglesias retomó su habitual mutismo.

–¿Sabe si iba sola o acompañada?-

El rugido de la moto le retumbaba en la cabeza.

Con voz fría y queda, sin levantar la vista de la mesa, respondió:

–No voy a contestar a ninguna más de sus preguntas. Esperaré la citación del juez y acudiré con mi abogado. Si tiene a bien devolverme las llaves de mi coche, quisiera irme a mi casa-

–Por supuesto Sr. Iglesias ¿me harías el favor Teresa?-

©Mara Funes Rivas – Octubre 2021

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