La Sala de Espera del Depósito – 5

Eusebio se paró a subirse la cremallera del anorak debajo de la marquesina, a la salida del hotel. Se examinó la ropa, toda comprada en hipermercados, cómoda, sin complicaciones. Nunca le había importado su aspecto externo, ni de joven ni ahora con la perspectiva de los cincuenta a la vuelta de la esquina aunque…

Sí, le jodía quedarse calvo.

Era algo irracional, visceral, un pensamiento que apartaba de su mente según aparecía, pero en noches de lluvia como ésta le repateaba todavía más. Sentir las gotitas mojando su cuero cabelludo desnudo le enfurecía, pero nunca se pondría uno de esos ridículos gorritos de lluvia, era ya mayor para capuchas y llevar un paraguas era totalmente desaconsejable en su profesión.

A pesar de la lluvia le tentaba la noche, le tentaba acercarse al garito en cuyos aseos fue encontrada Paula Reinoso hacía menos de 24 horas. Miró el reloj, la una y media de la madrugada. Por la mañana tenía que levantarse temprano y no quería una mañana con el tambor de los gin-tonics martilleándole el cerebro. Tenía que repasar el expediente y pensar muy cuidadosamente las preguntas que le haría a Ángel Iglesias. Hoy le había pillado por sorpresa, era muy inteligente, lo recordaría, el dolor no anula la inteligencia de las personas, es más, puede que hasta la agudice. Ángel Iglesias podía ser un arma excelente en la investigación pero si no sabía utilizarla bien, como todas las armas, se podía volver en contra suya.

Se subió el cuello del anorak y con pasos ágiles y rápidos volvió a la comisaría a recoger su coche. Condujo por la Gran Vía hacia Princesa y de allí hacia la M30 para llegar a su casa en el Barrio del Pilar.

Ése es, y siempre había sido, su barrio de toda la vida.

Su madre había quedado viuda relativamente joven, antes de los cuarenta, y tuvo que ponerse a trabajar de lo único que podía hacerlo una mujer sin más que estudios primarios en aquella época: limpiando casas. Al menos, la exigua pensión que cobraba de su marido, policía nacional en vida, le cubría la letra del pisito de 50 m2 en el que criaba a Eusebio, a su hermano menor Santiago y a la pequeña de la casa, Isabel.

–Al menos tenemos el piso– suspiraba la madre de Eusebio cuando las cosas iban mal –siempre lo podríamos vender…

A pesar de todas las penurias, la madre de Eusebio se sentía superior a sus vecinos siendo propietaria de su vivienda, todos ellos viviendo de alquiler –Lo mejor que pudo hacer mi difunto Eusebio, comprar el piso- repetía a la del primero cuando ésta se daba aires ante ella y la miraba con falsa compasión al verla subir las escaleras, encorvada después de ocho horas de trabajo en casa ajena.

Seguía viviendo en su pisito, ahora sola después del abandono del nido. La artrosis y dos hernias discales mal curadas la habían jubilado anticipadamente. Eusebio y sus hermanos pagaban a dos señoras que estaban pendientes de ella todo el día en turnos de 12 horas. Santiago, que era médico, se encargaba de que nunca le faltaran analgésicos aún a riesgo de crearle alguna pequeña adición.

Por fin Elvira vivía como una pequeña reina en su modesto piso de una de las muchas calles con nombres gallegos del barrio.

Sus hermanos pequeños, los de Eusebio, habían huido del barrio en cuanto pudieron. Él no. No quería darle la espalda a sus orígenes y en cuanto tuvo uso de razón decidió que quería ser policía, como su padre, es lo que tiene ser hermano mayor y cabeza de familia prematuro. Eso sí, él tuvo más suerte o fue más espabilado y no le había ido mal en el cuerpo, hacía más de quince años que no patrullaba las calles.

Se había comprado un piso nuevo de 100 m2 en la zona noble del barrio, yendo hacia el Metro Herrera Oria. No necesitaba tanto espacio, ni se le había pasado por la cabeza formar una familia, pero era el tamaño estándar, de hecho, su piso había sido el piso piloto de la promoción.

Sus aspiraciones familiares pasaban porque su madre estuviera siempre bien atendida, y por comer los sábados en casa de Santiago y los domingos en casa de Isabel, si no había ninguna exigencia laboral que lo impidiese. La algarabía en casa del primero con cinco niños entre ocho y dos años (tres de ellos trillizos naturales) satisfacía con creces su insegura vocación paternal.

La casa de Isabel, casada desde hacía diez años, era sin embargo un remanso de calma. No había tenido hijos y aunque indudablemente a Eusebio le preocupaba la razón, nunca se lo había preguntado porque ella no le había dado pie a ello. Se la veía feliz, colmadas todas sus necesidades y caprichos, con un marido que la adoraba y se desvivía por ella. Al final era una continuación de lo que había vivido en casa desde pequeña, la princesita. Pasó de ser la niña de su padre a serlo de sus hermanos y finalmente de su marido.

Ya había llegado al garaje de su casa. Subió y fue directamente a la cocina. Sacó jamón serrano de la, por otro lado, casi vacía nevera. Tomó nota mentalmente de que le tenía que dejar dinero en la mesa de la cocina a Juana para hacer compra, menos mal que no la importaba hacerse cargo de estos pequeños encargos aparte de sus labores en la casa.

Era ecuatoriana y en realidad se llamaba Yoana, escrito así, fonéticamente. Eusebio alzó una ceja al enterarse

–¿Cómo Juana en inglés?

–Sí señor, así es– respondió con una expresión entre orgullosa y desafiante

Mirando con ojos divertidos al retaquito moreno que no alcanzaba el metro cincuenta con tacones, le respondió con suavidad:

–Es que yo no sé inglés así que puedes empezar mañana pero yo te llamaré Juana- Enfurruñada, visiblemente molesta, masculló:

–Como guste el señor.

De eso hacía ya dos años y ella seguía frunciendo el ceño cada vez que la llamaba Juana, pero por lo demás hacían una pareja ideal. Él nunca estaba en casa por lo que Yoana tenía total libertad de movimientos y autonomía para decidir qué hacer y cuando, aparte de un importante sueldo fijo al mes, con contrato, seguridad social y un mes de vacaciones para volver a su tierra.

A cambio, se encargaba de todo lo doméstico de la casa, limpiar, la colada, hacer la compra, preparar comida para calentar en el microondas… Apenas se veían pero tenían una fluida comunicación a través de notas en la mesa de la cocina, o telefónica, gracias al móvil que Eusebio le había regalado.

Dejando el jamón fuera para coger temperatura fue a su habitación para quitarse el traje de faena y ponerse una camiseta de manga corta, lo más parecido a un pijama que soportaba ponerse. Cogió el teléfono con su base inalámbrica y por el camino le dio al botón de revisar mensajes.

–Mensaje número 1. Recibido ayer a las veintidós horas, quince minutos:

–Hola Eusebio, soy Fernando: Espero que hayas podido sacarle algo al del Cougar, no tenía pinta de largar mucho. Ya he llamado al –Gabinete– y mandan a Teresa mañana a las ocho. Hasta mañana.

Dio al botón de responder con llamada. Dejó el teléfono sonando pero Fernando tampoco estaba en casa. Saltó el contestador:

–Hola Fernando, Eusebio.

Gracias por acordarte de llamar al Gabinete, me alegro de que manden a Teresa, tiene muy buena mano.

Te tengo que pedir algo para mañana. No vayas a la comisaría, vete directamente al hotel. Pregunta si ya ha salido Ángel Iglesias, si no, que es lo que espero, quédate por allí discretamente y si lo ves salir, síguelo, si decide no venir a declarar a comisaría quiero saberlo cuanto antes. De todos modos te llamo a primera hora al móvil por si no duermes en casa.

–No hay más mensajes. Para acceder al menú principal…– Eusebio cortó la comunicación con el contestador.

Puso la mitad del jamón en un plato, sacó un bol lleno de picos y se sirvió una copa de buen vino tinto de la vinoteca de la cocina, uno de los pocos caprichos que se había permitido a lo largo de estos años de solvencia económica. Encendió la tele de la cocina y con las manos, empezó a comer jamón.

En la tele ponían uno de esos programas de chismes que no entendía muy bien porqué se les seguía llamando del corazón, cuando no había nada de sentimiento en ninguna de las noticias que daban.

Alguna vez y por motivos profesionales, había tenido que bucear un poco por esas aguas, y eran sucias, muy sucias, sólo sexo, alcohol y droga, todo a la venta, todo muy caro. Prefería encontrarse con lo mismo en sus antros de detrás de la Gran Vía, allí por lo menos no se maquillaba ni disfrazaba el mercado ni la mercancía.

Esos pensamientos le devolvieron a Paula Reinoso. La habían encontrado en un antro parecido, pero no en los aledaños de la Gran Vía sino en la zona de Malasaña ¿Qué hacía una hermosa mujer como ella, que ya no era ninguna adolescente ni jovencita, pinchándose una dosis de heroína en un sitio como ése? Bien vestida, bien casada ¿qué buscaba allí? ¿qué había perdido? O quizás ¿qué quería perder, olvidar?

En fin, no tenía ningún sentido darle vueltas sin ningún tipo de dato a mano. Lo mejor era acabar lo que quedaba de noche en la cama, levantarse mañana temprano y llegar a la comisaría antes de que llegara la psicóloga para empaparse los papeles un rato. Entretanto su cerebro trabajaría por su cuenta mientras dormía.

©Mara Funes Rivas – Agosto 2020

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s