La Sala de Espera del Depósito – 4

Bajaron al parking del tanatorio donde, en la zona acotada para los directivos, había siempre una plaza reservada para la policía.

El inspector tuvo que girar de vez en cuando para comprobar que Ángel le seguía. Le daba vueltas a su desorientación y barajaba la posibilidad de llamar a un psicólogo al día siguiente por la mañana, para que lo preparara antes del interrogatorio que el inspector ya había decidido tendría lugar en su despacho y no en la sala a tal efecto. La Comunidad de Madrid ponía a disposición de la policía un gabinete de psicólogos que eran muy útiles en casos de pérdidas traumáticas como ésta, o de violencia doméstica y/o sexual.

Llegó a su Toyota Corolla color negro y tras abrirlo con el mando a distancia, se apoyó sobre la puerta esperando a que llegara Ángel. Se subieron ambos al coche en silencio. Ángel se tuvo que encoger para que sus largas piernas y torso cupieran en el habitáculo

–Debajo del asiento hay una barra horizontal, si tira de ella hacia delante puede echar para atrás el asiento, estará más cómodo.

No hubo respuesta, Ángel había abrazado de nuevo ese mutismo en el que parecía sentirse tan cómodo.

Cuando salieron del parking, el asfalto brillaba con el reflejo de las farolas por la fina lluvia que caía sobre Madrid en ese principio de octubre. El inspector condujo hábilmente por las calles de la ciudad, todavía rebosando de actividad en ese jueves a las once y media de la noche.

Adentrándose por las callejas de la zona centro, tras girar tres bocacalles, llegaron al edificio de la comisaría. El inspector López Bravo observó que el agente Moreno había estacionado el Ford Cougar de Ángel justo enfrente de la puerta.

Aparcó su Toyota al lado y volviéndose a Ángel:

–Ya hemos llegado

–¿Es aquí donde voy a dormir?

–No hombre no. Aquí sólo dejamos el coche, junto al suyo ¿no lo ha visto?

Silencio. El inspector bajó del coche y esperó a que Ángel saliera, lo cual hizo con dificultad y lentitud.

Comenzaron a andar en dirección al Barrio de Las Letras. En menos de cinco minutos el inspector López Bravo se paró delante de un edificio antiguo, totalmente restaurado con gusto, de cuya fachada colgaba una discreta y elegante banderola que lo identificaba como hotel de cuatro estrellas.

Al entrar no encontraron a nadie en el minimalista mostrador de la Recepción. Un fino cartel de metacrilato solicitaba que para ser atendido se presionara el botón colocado entre las pantallas de plasma.

A los pocos minutos de pulsarlo apareció un muchacho que no podía tener más de 19 años, vestido con un uniforme de aires orientales que le podía identificar tanto como recepcionista como camarero.

–Buenas noches inspector

–Buenas noches Pedro ¿todo listo?

–Sí inspector, aquí tiene la llave. La factura se la enviamos a comisaría como siempre

–Perfecto

–¿Y si consume algo?

–Pues si consume que lo pague. Por cierto ¿está abierto el bar todavía?

Pedro sonrió

–Sí claro, estoy yo allí

Durante toda la conversación Ángel se había mantenido un paso detrás del inspector, éste se dio media vuelta

–¿Le apetece una copa?– su voz era neutra

Ángel le miró a los ojos un segundo y moviendo la cabeza hizo una rápida señal afirmativa.

Siguieron a Pedro que los guió a través del hall de entrada, pasando por los ascensores, hasta llegar a una zona diáfana acotada por altas palmeras naturales que se alimentaban de luz gracias al acristalamiento del techo, erigiéndose en una suerte de valla alrededor de un grupo de sillones cuadrados de grandes respaldos, enfrentados unos contra otros formando parejas.

El inspector López Bravo y Ángel tomaron asiento en una par de sillones, equidistantes de la barra y del pasillo que llevaba hacia las escaleras, mientras Pedro esperaba de pié.

–¿Lo de siempre Inspector Bravo?

–No se me ocurre nada mejor.

Pedro miraba a Ángel discretamente esperando su petición. Ángel, con la cabeza agachada no se daba por aludido.

Pedro buscó la ayuda del inspector.

–Sr. Iglesias ¿qué va usted a tomar?

–Un Malta– farfulló al cuello de su camisa

–¿Perdón?– preguntó un azorado Pedro

Ángel hizo caso omiso a la pregunta de Pedro

–Un whisky de Malta ¿no sabes lo que es?

–Perdón Inspector. No había oído al caballero

–Me preocupaba que en tu escuela de hostelería no te hubieran enseñado lo que era un whisky de Malta– bromeó el inspector tratando de animar a Pedro y de aliviar la tensión que había provocado Ángel, algo que a éste no parecía importarle lo más mínimo. –Le pones un par de dedos o tres en un vaso bajo y ancho, de los de whisky, y no se te ocurra echar hielo, no es un cubata. Te traes una jarrita de agua

Pedro asintió nervioso y se giró hacia la barra. El inspector se relajó en su asiento, apoyando la espalda en el gran respaldo y observando a Ángel de reojo, que había retomado su postura encorvada, como si el sobre que parecía acunar en su regazo fuera un bebé desvalido al que hubiera que proteger “Va a acabar con serios problemas de espalda como siga mucho tiempo con esa postura” pensó.

Pedro llegó con la bandeja cargada con el whisky escocés de malta y la ginebra y tónica inglesas. Sirvió las bebidas y las depositó en la mesa con profesionalidad. El inspector esperó a que se hubiera alejado y cuando consideró que la distancia era oportuna, sacó su cartera del bolsillo de la americana y extrajo una tarjeta con el logo del Ministerio del Interior en la esquina superior izquierda. La colocó encima de la mesa y con el dedo índice la deslizó sobre la superficie hasta dejarla al lado del vaso de whisky de Ángel. La tarjeta lo identificaba como Eusebio López Bravo. Inspector Jefe, Comisaría del Distrito Centro.

Al no obtener ninguna reacción de Ángel, finalmente decidió aclararse la garganta.

Nada.

–Sr. Iglesias. Hay algo que tengo que contarle– pausa, silencio e inmovilidad de Ángel –No hace falta que me mire si no quiere, sé que me escucha.

El tiempo, el espacio y sus habitantes parecían congelados.

–Hay algo que no le conté cuando estábamos en el depósito porque no me pareció el sitio adecuado.

Inútilmente esperó una reacción. Decidió entrarle a saco ya que los preliminares no le estaban dando ningún resultado.

–Sr. Iglesias ¿conocía usted con anterioridad el estado de Paula Reinoso, perdón, de su mujer?

Ángel sí reaccionó esta vez y le miró con ojos de niño interrogante

–Sr. Iglesias ¿sabía usted que su mujer estaba embarazada?– con toda la suavidad de la que Eusebio fue capaz de imprimir a su voz.

Ángel se incorporó repentinamente y dio un manotazo sobre la mesa

–¿Y por qué coño no voy a saber que mi mujer estaba embarazada? Era MÍ mujer ¿se acuerda?¿Qué pasa? ¿Qué yo no puedo ser el padre? ¡Hostias!!!!!

A Eusebio le pilló casi totalmente por sorpresa esa reacción, aunque los años de entrenamiento facial impidieron que se tradujera en su expresión. Si algo no había esperado de Ángel era una reacción violenta. Lo anotó mentalmente también y se dijo que lo tendría que consultar al psicólogo al día siguiente.

–En absoluto ha sido mi intención insinuar nada. Entiendo que el momento no es el mejor– empujando la llave de la habitación sobre la mesita hacia Ángel al igual que hiciera con su tarjeta hacía tan sólo cinco minutos –Mañana nos vemos en comisaría, Sr. Iglesias. Si no recuerda el camino me llama al número de la tarjeta, en el móvil me localiza las veinticuatro horas del día.

Acabó la frase incorporándose.

Al darse cuenta, Ángel a su vez se incorporó y extendiendo el brazo derecho para apoyar la mano con firmeza sobre el hombro de Eusebio, prácticamente le obligó a volver a sentarse dada su envergadura, el doble que la del inspector. Pero el gesto fue suave, no había ninguna violencia en él.

–Perdóneme. Esto no es fácil– hablaba mirando a la mesa, no a Eusebio –Yo no suelo ser así. Acábese la copa conmigo, por favor.

Eusebio se volvió a sentar sin decir nada. Ángel acariciaba su vaso de whisky con las dos manos, Eusebio se reclinó hacia atrás en el sillón, aguantando el vaso largo de gin-tonic con la mano derecha.

Así pasaron 20 minutos hasta que solo quedó un residuo de agua en los vasos de ambos. Durante todo ese tiempo no se dirigieron la palabra, ni tan siquiera se miraron.

Eusebio se levantó y fue seguido por Ángel, con movimientos lentos pero más firmes.

Ya dentro del ascensor pulsó el primer piso. Por el pasillo fueron uno detrás del otro sin hablarse hasta llegar a la habitación.

Eusebio abrió la puerta y dejó la llave electrónica en el interruptor de la luz del pasillo puesto que Ángel ni la había recogido de la mesa del bar. Al ir a girarse de vuelta, la mano de Ángel se posó sobre su hombro

–Gracias.

–Hasta mañana.

–Hasta mañana.

©Mara Funes Rivas – Agosto 2020

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