Por Primera Vez – 2

Era una lectora empedernida desde que podía acordarse. De hecho su memoria no albergaba ninguna celebración de cumpleaños sin que el regalo de su padre fuera un libro.

Los primos se reían. La hermana de su madre una vez preguntó si la niña quizá no querría otra cosa que no fuera un libro, su madre respondió que para qué, si total con lo feílla que era se iba a quedar a vestir santos y mejor que se supiera entretener sola.

A sus hermanas Ana y Cristina y a su hermano Carlos no les importaba lo más mínimo.

Rosa y su padre no decían nada.

Año tras año su colección de libros fue creciendo y escalando las paredes de su habitación, novelas y biografías casi exclusivamente, hasta que la llenó por completo y se extendió por el pasillo. Su hermana Ana no se quejó, al fin y al cabo la casa era grande y sólo quedaban ellas dos.

***

En la oficina había picos de trabajo con periodos de llanura. La investigación de las reclamaciones habituales era un trabajo rutinario que podía mantener mientras leía lo que otras personas -muy probablemente oficinistas como ella pero indudablemente más osados- colgaban en la red en diversos espacios literarios.

Hacía unos años ya que empezó a rellenar los periodos de llanura visitando foros y portales literarios en Internet. Disfrutaba mucho leyendo las historias en las que personas anónimas habían vertido sus emociones, sueños, frustraciones y deseos para después colgarlas con el inconfesable objetivo de que algún editor se fijara en la suya y pudiera traspasar la frontera infranqueable que separaba el mundo literario virtual del libro en carne y hueso, es decir en papel y con cubierta.

Hubo una vez, cuando todavía alguna ilusión jugueteaba en su corazón, en la que intentó escribir un cuento. Pero cuando se ha leído mucho y todavía peor, cuando quien ha leído mucho intenta escribir y peor aún, cuando esa persona no se tiene en gran estima, las bolas de papel de los intentos frustrados se encontraban en la papelera haciendo compañía a los formularios mal rellenados.

Hacía años ya, todavía no había ordenadores.

***

Más o menos cuando se jubiló Marga, Don se empezó a dejar ver por tallerdeautores.com.

Rosa lo recordaba bien. Recordaba nítidamente esa mañana en la que al llegar a su oficina por primera vez vio la mesa de Marga vacía y ese vacío se le trasladó al estómago provocándole una náusea.

Hacía años que había soñado con ese instante, su primer momento de gloria convertida en reina de la oficina.

No fue así.

Se sintió sola.

Espantosamente sola, más sola que nunca.

Su mesa, enfrentada contra la de Marga, sin pasillo ni espacio alguno de por medio. Las pantallas de sus respectivos ordenadores dándose la espalda e impidiendo que se vieran las caras, pero Marga siempre estaba allí, siempre lo había estado y Rosa siempre estaba allí y todavía lo estaba.

Tantos años juntas. Ella había sido la última persona que quedaba en la oficina de antes del verano de 1975.

© Mara Funes Rivas – Junio 2020

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