La Sala de Espera del Depósito – 1

Ángel Iglesias espera sentado en la sala de espera del depósito de cadáveres. Agarra en las manos un sobre de papel grande, de casi el tamaño de una bolsa, en el regazo, con la espalda encorvada sobre él.

La sala de espera del depósito era fría, como todas las salas de espera, de todos los depósitos, de todos los sitios.

Se veían intentos de humanización, las paredes parecía que habían sido pintadas recientemente de un color carne clarito. Había algún cuadro aquí y a allá, y al final de cada hilera de sillas de plástico, adosadas a una misma barra de metal por el respaldo, había una pequeña mesita cubierta de periódicos gratuitos, algún folleto de funerarias, publicidad de laboratorios…

Ángel estaba sentado, … no, … realmente estaba casi a punto de caerse de la silla doblado sobre sí mismo, al final de una de esas hileras, cerca del rincón del fondo. Agarraba en las manos un sobre de papel grande de casi el tamaño de una bolsa, en el regazo, con la espalda encorvada sobre él.

No parecía mucho el contenido del sobre pero a él le pesaba, le pesaba como una losa de granito.

-Señor Iglesias, éstos son los efectos personales de Paula Reinoso– le dijo el empleado de la recepción a su llegada. –Le avisarán para el reconocimiento del cadáver. Hay que esperar a que llegue el inspector y nos avise el doctor Santos.

A Ángel le iba pesando cada vez más la columna vertebral. Sus casi dos metros de estatura iban encogiéndose por minutos. Los hombros se doblaban sobre sí mismo como si de un periódico a medio enrollar se tratara. Arrastrando los pies por las frías losas del suelo, se sentó en la silla más apartada de toda la desangelada sala de espera.

Con manos torpes había abierto el sobre. De él extrajo primero la cartera de Paula. La abrió, no había nada raro, algunos billetes, monedas, tarjetas de crédito, recibos. Después su móvil, seguía encendido y en la pantalla aparecía el icono de las llamadas perdidas, seis, todas suyas. Seguidamente, un ligero y pequeño vestido de tirantes de seda natural, con fondo granate y un delicado estampado oriental de flores grandes color crema. No se acordaba de él pero Paula siempre se quejaba de que nunca se daba cuenta de la ropa nueva que se compraba. Tanteó por fuera y sacó, una a una, dos sandalias de tacón alto, fino, negras, de pulsera.

Ya no parecía haber nada más pero al ir a meter de nuevo la primera de las sandalias sintió la tela de satén en sus dedos. El corazón le empezó a latir con fuerza y dejó que se le escapara la sandalia de la mano. Agarró la prenda de satén y la sacó del sobre. Incrédulo se quedó mirándola paralizado: era un tanga, granate, color sangre.

No podía ser de Paula, Paula no llevaba tangas: Yo no soy de tangas. Se te clavan en el culo y te dejan toda la carne al aire siempre lo decía.

*

Por un momento Ángel pareció haber recuperado su vitalidad y se dirigió al empleado de la recepción que aparentaba estar muy ocupado con el ordenador mientras chateaba con su grupo de amíguetes por el Messenger:

–Disculpe.

–¿Sí?

–Ha habido un error.

Entonces se dignó a apartar la mirada de la pantalla y dirigirla a los ojos de Ángel. Éste, torpemente, depositó el tanga sobre el mostrador

–Esto es de otra persona, quiero decir, de otro cadáver.

El recepcionista le miró con ironía y le respondió con un sarcasmo que apenas se molestó en disimular

–Lo siento Sr. Iglesias, tenemos muchísimo cuidado con estas cosas y además la Srta. Reinoso es la única mujer que ha ingresado en el depósito esta noche.

–Sra. Reinoso– con voz cabreada –Pues será de una de ayer.

–Imposible, ya le he dicho que tenemos mucho cuidado con estas cosas y todos los familiares que se fueron ayer del depósito firmaron su conformidad con los efectos personales entregados. 

–Pues yo esto no lo pienso firmar.

–Usted sabrá Sr. Iglesias …– y quitándole el sobre de las manos con total frialdad, volvió a introducir el tanga en él. Ángel no tenía fuerzas para discutir. Igual que le había venido, le abandonó el aplomo. Agarró el sobre y más encorvado todavía, volvió cansinamente a su sitio.

Al cabo de un tiempo indeterminado se oyó un “ding-dong” por megafonía, de ésos que son para avisar que se va a lanzar un mensaje.

–Atención Sr. Iglesias, atención– decía una voz masculina que sin duda pertenecía al amable recepcionista –Sr. Iglesias, acuda al despacho del Dr. Santos.

Sin poder levantar los pies del suelo, reticente, Ángel se dirigió al mostrador después de buscar por las paredes de la sala algún cartel que le indicara por dónde ir para llegar al despacho del Dr. Santos.

No tuvo necesidad de abrir la boca, antes de que pudiera hacerlo una voz proveniente de la cabeza inclinada sobre el ordenador le informó de que el despacho del Dr. Santos era el primero a la derecha después de los aseos de señoras.

Las gracias sobraban.

**

Al llegar a la puerta sin cerrar del todo, identificada con un cartelito como el despacho del Dr. Santos, no le dio tiempo a llamar con los nudillos

– Adelante Sr. Iglesias.

La voz era ronca, hueca.

El despacho pequeño, austero.

Una mesa de oficina antigua, color gris indefinido. Un ordenador de edad indefinida también, sobre la esquina de la mesa, a la izquierda del visitante. Silla pequeña con respaldo para el visitante. La del doctor, probablemente sillón, no se veía al estar ocupada por la inmensa humanidad del médico.

O más claramente, el Dr. Santos estaba gordo, inmensamente gordo, de esos de obesidad mórbida.

Pelo gris, peinado hacia atrás con la raya al lado. Bigote más oscuro, casi negro. Ojos marrones pequeñitos o a lo mejor es lo que parecía al estar comprimidos por las vastas mejillas carnosas con hoyuelos en el centro. Boca pequeña de labios gruesos.

–Tome asiento, por favor. ¿Le han puesto al corriente de las circunstancias de la muerte de la Srta. Reinoso?

–Señora Reinoso. Es mi mujer, es decir, era mi mujer

–¡Ah! Perdone usted. En fin ¿Le han …

–No, nadie me ha informado de nada, pero me imagino que es suicidio– hablaba en voz baja, lentamente, sin apartar la vista del sobre que agarraba con las manos – Por lo de la policía y porque ya lo intentó una vez.

El Dr. Santos carraspeó antes de seguir:

–Ejem, no exactamente.

–¿Qué quiere decir con no exactamente?– un destello de furia pasó fugazmente por sus ojos que ahora miraban al Dr. Santos. Después la expresión vencida volvió a caer sobre ellos.

–¿Era usted consciente de que la Srta. Perdón, Sra. Reinoso, era consumidora de sustancias estupefacientes?– No miraba a Angel, mareaba papeles con las manos y en todo momento, su voz ronca y seca adoptaba el tono de fría profesionalidad.

Por primera vez desde que había entrado en ese despacho, Ángel se incorporó estirando su imponente espalda y mostrando la mitad de su 1,98 m de altura.

Miró a los ojos al Dr. Santos y con toda la firmeza que pudo imprimirle a su voz le respondió:

***

–No era consumidora habitual de estupefacientes, tonteó con las drogas como todos, en la Universidad.

–Sr. Iglesias– Lo que dijo a continuación se le quedaría grabado a Ángel en la memoria:

–Su mujer ha muerto de una sobredosis de heroína. 

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